El Madrid brutalista: edificios singulares que hoy cobran un nuevo valor.
Madrid es una ciudad de contrastes también en lo arquitectónico. Más allá de su imagen clásica y señorial, existe otra capa, menos evidente, donde el hormigón visto y las formas rotundas construyen un lenguaje propio. Es el Madrid brutalista. Un estilo minimalista que ha logrado captar fieles seguidores y también grandes detractores porque, en cualquier caso, no deja indiferente.
Surgido a mediados del siglo XX, el brutalismo se caracteriza por el uso explícito de los materiales -especialmente el hormigón armado (béton brut)-, las formas geométricas rotundas y una estética funcional y monumental, desprovista de ornamentación. Aunque Le Corbusier es considerado su principal referente, otros arquitectos fueron clave en su desarrollo y expansión, como Alison y Peter Smithson en el Reino Unido, con su famosa escuela de Hunstanton, Paul Rudolph en Estados Unidos o los equipos de Van den Broek y Bakema en los Países Bajos.
El movimiento nació en Europa como respuesta a la necesidad de construir viviendas funcionales y de bajo coste, tras la Segunda Guerra Mundial. Ejemplos icónicos de este movimiento son Unitè d'Habitation en Marsella, considerada la obra fundacional del brutalismo arquitectónico, el Barbican Centre en Londres y la Biblioteca Geisel en San Diego.
El estilo singular de Madrid
A diferencia de lo que ocurre en otras ciudades del mundo, en Madrid los edificios de este estilo fueron construidos para la clase más pudiente, especialmente a partir de los años 60. Figuras como Miguel Fisac, Javier Carvajal o Sáenz de Oíza dieron forma a construcciones que hoy son auténticos iconos, como la desaparecida Pagoda de Fisac, sede de los Laboratorios JORBA, (derribada en 1999); el Edificio IBM, un hito de la época, por introducir un diseño tecnológico y funcional en una zona dominada por arquitectura más clásica, el Paseo de la Castellana; la Casa Carvajal, otro de los templos de la arquitectura brutalista madrileña, escenario de la película La Madriguera de Carlos Saura, de vídeos musicales y objeto de exposiciones; la Torre de Valencia, un edificio de 27 plantas al que acompañó la polémica al modificar las vistas de la Puerta de Alcalá desde la plaza de Cibeles, o las imponentes Torres Blancas, con las que su autor, Javier Sáenz de Oíza, buscaba reproducir un gran árbol en el que la vegetación cubriera las fachadas y el tejado.
Otros ejemplos destacados de este movimiento en Madrid son el edificio de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, con el hormigón gris a la vista y un gran patio central ajardinado; el Edificio Princesa, que destaca por su hormigón visto, amplias terrazas con enredaderas y un diseño de oasis urbano, inicialmente concebido como viviendas militares, y el Complejo Cuzco, que incluye una torre de 25 plantas que en el momento de su construcción fue el cuarto rascacielos más alto de la ciudad después de la Torre de Madrid, el Edificio España y las Torres de Colón. Actualmente, es la sede del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo.
Hay muchos otros ejemplos de brutalismo en Madrid que han podido pasar desapercibidos durante años pero que siguen representando una nueva forma de entender la vivienda y el espacio en la ciudad. Edificios con un enorme valor arquitectónico que suelen despertar gran interés entre los compradores internacionales y que requieren una mirada experta para posicionarlos adecuadamente de cara a su venta. En un mercado donde la oferta tiende a homogeneizarse, los inmuebles con identidad arquitectónica propia se convierten en piezas cada vez más valoradas.